INSTITUTO DE LA PAZ Y EL DESARROLLO - IPAZDE USTA - Opinión El Instituto (IPAZDE) inspirado en los valores tomasinos del pensamiento crítico, creativo y ético, tiene como misión promover el estudio y la praxis de la Paz y el Desarrollo Sostenible https://ipazde.usta.edu.co/index.php/opinion 2026-05-14T03:17:46+00:00 Instituto de la Paz y el Desarrollo - IPAZDE USTA Joomla! - Open Source Content Management Escribir para resistir: memoria, víctimas y conciencia colectiva 2026-04-13T23:46:03+00:00 2026-04-13T23:46:03+00:00 https://ipazde.usta.edu.co/index.php/opinion/92-escribir-para-resistir-memoria-victimas-y-conciencia-colectiva Jhon Jaramillo <p>* Por Juan Camilo Acevedo &amp; Vanesa Carreño Cortes.</p> <p><img src="https://ipazde.usta.edu.co/images/Fotos_integrantes_/Mensaje.jpeg" alt="Mensaje" width="580" height="435" /></p> <p>Foto tomada por Vanesa Carreño voluntaria del IPAZDE</p> <p style="text-align: justify;">En un país donde la memoria suele disputarse entre el olvido y la costumbre, iniciativas como la realizada el pasado 9 de abril por el equipo de IPAZDE y la fundación recaPAZitando representan mucho más que un acto simbólico: son una declaración ética. En el marco del **Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado**, salir a repartir volantes e invitar a la comunidad tomasina a escribir un mensaje no es un gesto menor; es, en esencia, un ejercicio de reconocimiento. Porque las víctimas no necesitan únicamente ser recordadas en cifras o informes, necesitan ser nombradas, escuchadas y, sobre todo, dignificadas.</p> <p style="text-align: justify;">Colombia ha vivido décadas de conflicto que han dejado cicatrices profundas, muchas de ellas invisibles. Detrás de cada historia hay una vida interrumpida, una familia fragmentada, un proyecto arrebatado. Pensar en las víctimas no puede reducirse a una conmemoración anual; implica preguntarnos qué significa realmente convivir con su dolor en el presente. ¿Qué hacemos como sociedad para que su historia no se repita? ¿Cómo transformamos la empatía momentánea en compromiso permanente?</p> <p style="text-align: justify;">En medio de la actividad, cada mensaje escrito por los estudiantes se convirtió en un pequeño acto de resistencia contra la indiferencia. Escribirle a una víctima aunque no sepamos su nombre es reconocer su existencia y su sufrimiento. Y aquí es donde radica una de las reflexiones más incómodas pero necesarias: las víctimas no son “otros”, no están lejos, no pertenecen únicamente a zonas rurales o a relatos ajenos. Las víctimas somos todos cuando permitimos que la violencia se normalice, cuando el dolor ajeno no nos interpela, cuando el silencio pesa más que la solidaridad.</p> <p style="text-align: justify;">Hay algo profundamente transformador en detenerse un momento a pensar en quien lo ha perdido todo. Porque, en ese instante, dejamos de ser espectadores y nos convertimos en sujetos éticos. La memoria, cuando es colectiva, tiene el poder de incomodar, de cuestionar y, sobre todo, de movilizar. Y eso fue precisamente lo que logró esta jornada: sembrar una inquietud, una pregunta, una necesidad de no ser indiferentes.</p> <p style="text-align: justify;">La cátedra realizada en la noche por el líder estudiantil complementó este ejercicio desde una perspectiva más reflexiva. Hablar de derechos humanos en Colombia y en el mundo no es un tema abstracto ni lejano; es una urgencia cotidiana. Los derechos humanos no se defienden únicamente en tribunales o discursos políticos, se defienden en la forma en que reconocemos al otro, en la manera en que respondemos frente al dolor ajeno, en la capacidad de construir fraternidad incluso en contextos marcados por la violencia.</p> <p style="text-align: justify;">Y es justamente la fraternidad la que emerge como un eje fundamental. En una sociedad fragmentada, aprender a ver al otro como igual como alguien cuya dignidad es tan valiosa como la propia es un acto profundamente político. No se trata solo de recordar a las víctimas, sino de reconstruir el tejido social que la violencia desgarró. La fraternidad no es ingenuidad; es una apuesta consciente por la vida en común.</p> <p style="text-align: justify;">Las víctimas del conflicto armado no necesitan lástima, necesitan justicia, verdad y garantías de no repetición. Pero también necesitan algo que a veces se nos olvida: necesitan ser reconocidas como parte de nosotros. Porque un país que no escucha a sus víctimas está condenado a repetir su historia.</p> <p style="text-align: justify;">Por eso, actividades como esta no deben quedarse en lo anecdótico. Deben convertirse en el punto de partida para una ciudadanía más consciente, más crítica y más comprometida. Recordar no es suficiente si no transforma. Y quizás ese sea el mayor desafío: que cada volante entregado, cada mensaje escrito y cada reflexión compartida no se quede en un solo día, sino que se traduzca en acciones concretas que dignifiquen la vida y la memoria de quienes han sufrido.</p> <p style="text-align: justify;">Desde el Instituto de Paz y Desarrollo (IPAZDE), el 26 de marzo de 2026 se inauguró la Cátedra para la Paz, concebida como un espacio de reflexión y acción destinado a dignificar a las víctimas y aportar a la construcción de paz en el marco del acuerdo y del conflicto armado colombiano. Esta iniciativa contempla seis sesiones alternadas entre encuentros presenciales y virtuales. Hasta el momento se ha realizado una primera jornada presencial y una sesión virtual, ambas complementarias: las presenciales, lideradas por la JEP, tienen un enfoque teórico-práctico sobre la importancia de los testimonios, la verdad para las víctimas, la identificación de actores y los procesos jurídicos y pedagógicos de la paz; mientras que las sesiones virtuales, a cargo de la Fundación RecaPAZitando, abren un espacio para el debate, la aplicación de conceptos y la reflexión sobre la necesidad de construir paz desde lo individual hacia lo colectivo.<br />La próxima sesión se llevará a cabo el 23 de abril, de 2:00 p.m. a 4:00 p.m., en el auditorio menor del segundo piso del Edificio Doctor Angélico. En esta ocasión, la JEP abordará temas como la comparecencia, el régimen de condicionalidad y la centralidad de las víctimas. Además, se propiciará un debate sobre el perdón, la veracidad de los hechos y el papel de la comunidad como memoria colectiva para garantizar la no repetición.<br />Finalmente, el propósito de las actividades realizadas y por desarrollar es trascender la simple conmemoración de un día dedicado a las víctimas. Se busca, en cambio, generar un acercamiento real hacia ellas, preguntarnos qué más podemos hacer para mantener viva la memoria de comunidades, familias y personas que, día tras día, encuentran caminos para perdonar y sanar. Este esfuerzo pretende evitar el olvido de historias que aportan a la verdad y a los procesos de reparación, fortaleciendo así la construcción de una paz duradera.<br />Desde IPAZDE hacemos la pregunta: ¿Què estas haciendo para aportar a la paz?</p> <p>* Por Juan Camilo Acevedo &amp; Vanesa Carreño Cortes.</p> <p><img src="https://ipazde.usta.edu.co/images/Fotos_integrantes_/Mensaje.jpeg" alt="Mensaje" width="580" height="435" /></p> <p>Foto tomada por Vanesa Carreño voluntaria del IPAZDE</p> <p style="text-align: justify;">En un país donde la memoria suele disputarse entre el olvido y la costumbre, iniciativas como la realizada el pasado 9 de abril por el equipo de IPAZDE y la fundación recaPAZitando representan mucho más que un acto simbólico: son una declaración ética. En el marco del **Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado**, salir a repartir volantes e invitar a la comunidad tomasina a escribir un mensaje no es un gesto menor; es, en esencia, un ejercicio de reconocimiento. Porque las víctimas no necesitan únicamente ser recordadas en cifras o informes, necesitan ser nombradas, escuchadas y, sobre todo, dignificadas.</p> <p style="text-align: justify;">Colombia ha vivido décadas de conflicto que han dejado cicatrices profundas, muchas de ellas invisibles. Detrás de cada historia hay una vida interrumpida, una familia fragmentada, un proyecto arrebatado. Pensar en las víctimas no puede reducirse a una conmemoración anual; implica preguntarnos qué significa realmente convivir con su dolor en el presente. ¿Qué hacemos como sociedad para que su historia no se repita? ¿Cómo transformamos la empatía momentánea en compromiso permanente?</p> <p style="text-align: justify;">En medio de la actividad, cada mensaje escrito por los estudiantes se convirtió en un pequeño acto de resistencia contra la indiferencia. Escribirle a una víctima aunque no sepamos su nombre es reconocer su existencia y su sufrimiento. Y aquí es donde radica una de las reflexiones más incómodas pero necesarias: las víctimas no son “otros”, no están lejos, no pertenecen únicamente a zonas rurales o a relatos ajenos. Las víctimas somos todos cuando permitimos que la violencia se normalice, cuando el dolor ajeno no nos interpela, cuando el silencio pesa más que la solidaridad.</p> <p style="text-align: justify;">Hay algo profundamente transformador en detenerse un momento a pensar en quien lo ha perdido todo. Porque, en ese instante, dejamos de ser espectadores y nos convertimos en sujetos éticos. La memoria, cuando es colectiva, tiene el poder de incomodar, de cuestionar y, sobre todo, de movilizar. Y eso fue precisamente lo que logró esta jornada: sembrar una inquietud, una pregunta, una necesidad de no ser indiferentes.</p> <p style="text-align: justify;">La cátedra realizada en la noche por el líder estudiantil complementó este ejercicio desde una perspectiva más reflexiva. Hablar de derechos humanos en Colombia y en el mundo no es un tema abstracto ni lejano; es una urgencia cotidiana. Los derechos humanos no se defienden únicamente en tribunales o discursos políticos, se defienden en la forma en que reconocemos al otro, en la manera en que respondemos frente al dolor ajeno, en la capacidad de construir fraternidad incluso en contextos marcados por la violencia.</p> <p style="text-align: justify;">Y es justamente la fraternidad la que emerge como un eje fundamental. En una sociedad fragmentada, aprender a ver al otro como igual como alguien cuya dignidad es tan valiosa como la propia es un acto profundamente político. No se trata solo de recordar a las víctimas, sino de reconstruir el tejido social que la violencia desgarró. La fraternidad no es ingenuidad; es una apuesta consciente por la vida en común.</p> <p style="text-align: justify;">Las víctimas del conflicto armado no necesitan lástima, necesitan justicia, verdad y garantías de no repetición. Pero también necesitan algo que a veces se nos olvida: necesitan ser reconocidas como parte de nosotros. Porque un país que no escucha a sus víctimas está condenado a repetir su historia.</p> <p style="text-align: justify;">Por eso, actividades como esta no deben quedarse en lo anecdótico. Deben convertirse en el punto de partida para una ciudadanía más consciente, más crítica y más comprometida. Recordar no es suficiente si no transforma. Y quizás ese sea el mayor desafío: que cada volante entregado, cada mensaje escrito y cada reflexión compartida no se quede en un solo día, sino que se traduzca en acciones concretas que dignifiquen la vida y la memoria de quienes han sufrido.</p> <p style="text-align: justify;">Desde el Instituto de Paz y Desarrollo (IPAZDE), el 26 de marzo de 2026 se inauguró la Cátedra para la Paz, concebida como un espacio de reflexión y acción destinado a dignificar a las víctimas y aportar a la construcción de paz en el marco del acuerdo y del conflicto armado colombiano. Esta iniciativa contempla seis sesiones alternadas entre encuentros presenciales y virtuales. Hasta el momento se ha realizado una primera jornada presencial y una sesión virtual, ambas complementarias: las presenciales, lideradas por la JEP, tienen un enfoque teórico-práctico sobre la importancia de los testimonios, la verdad para las víctimas, la identificación de actores y los procesos jurídicos y pedagógicos de la paz; mientras que las sesiones virtuales, a cargo de la Fundación RecaPAZitando, abren un espacio para el debate, la aplicación de conceptos y la reflexión sobre la necesidad de construir paz desde lo individual hacia lo colectivo.<br />La próxima sesión se llevará a cabo el 23 de abril, de 2:00 p.m. a 4:00 p.m., en el auditorio menor del segundo piso del Edificio Doctor Angélico. En esta ocasión, la JEP abordará temas como la comparecencia, el régimen de condicionalidad y la centralidad de las víctimas. Además, se propiciará un debate sobre el perdón, la veracidad de los hechos y el papel de la comunidad como memoria colectiva para garantizar la no repetición.<br />Finalmente, el propósito de las actividades realizadas y por desarrollar es trascender la simple conmemoración de un día dedicado a las víctimas. Se busca, en cambio, generar un acercamiento real hacia ellas, preguntarnos qué más podemos hacer para mantener viva la memoria de comunidades, familias y personas que, día tras día, encuentran caminos para perdonar y sanar. Este esfuerzo pretende evitar el olvido de historias que aportan a la verdad y a los procesos de reparación, fortaleciendo así la construcción de una paz duradera.<br />Desde IPAZDE hacemos la pregunta: ¿Què estas haciendo para aportar a la paz?</p> Colombia: memoria de la sangre, vocación de esperanza 2026-03-04T02:58:25+00:00 2026-03-04T02:58:25+00:00 https://ipazde.usta.edu.co/index.php/opinion/90-juan-c-acevedo-r Juan C. Acevedo Rojas <p>* Por Juan Camilo Acevedo&nbsp;</p> <p><img src="https://contactomaestro.colombiaaprende.edu.co/sites/default/files/maestrospublic/styles/interna_850x260/public/2020-05/imagen-11.png?h=aeae0952&amp;itok=SzF15l1b" alt="Proyecto de memoria histórica “Pensar para transformar” | Contacto Maestro" width="615" height="412" /></p> <p>Foto tomada de:&nbsp;<a href="https://contactomaestro.colombiaaprende.edu.co/experiencias-significativas/experiencias-del-bicentenario-proyecto-de-memoria-historica">https://contactomaestro.colombiaaprende.edu.co/experiencias-significativas/experiencias-del-bicentenario-proyecto-de-memoria-historica</a></p> <p>Colombia es un país megadiverso. Pero también es un país cuya historia ha moldeado la manera en que piensa, habla y se relaciona su gente. No somos solo el territorio de las montañas, los ríos y las mariposas amarillas. Somos también una sociedad atravesada por generaciones que han crecido bajo la sombra del miedo.</p> <p>Desde 1928, cada generación ha vivido su propio capítulo de violencia.</p> <p>En diciembre de ese año, los trabajadores de la United Fruit Company (hoy conocida como Chiquita Brands International) protestaban por condiciones laborales dignas en Ciénaga. La respuesta fue fuego. El ejército, bajo órdenes del general Carlos Cortés Vargas, disparó contra los huelguistas. Décadas después, la Comisión de la Verdad estimaría que el número de víctimas superó el millar. No fue solo una masacre: fue el mensaje temprano de que el poder podía imponerse sobre la vida.</p> <p>Veinte años después, el 9 de abril de 1948, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán. El “Caudillo del pueblo” cayó en el centro de Bogotá y con él se incendió la ciudad. El Bogotazo no solo dejó muertos y ruinas; dejó una fractura emocional que marcaría el inicio de una violencia prolongada. Desde entonces, la política dejó de ser únicamente disputa de ideas y se convirtió, demasiadas veces, en escenario de exterminio.</p> <p>En 1989, el país volvió a sentir que el Estado tambaleaba. El asesinato de candidatos presidenciales, los carros bomba, los secuestros, los aviones que explotaban en el aire. Fue una generación que creció preguntándose si cualquier esquina podía convertirse en tragedia. Y, sin embargo, de esa misma década surgió la esperanza de una nueva Constitución. El miedo convivía con la posibilidad de refundar el país.</p> <p>Más adelante vendrían otros dolores: ejecuciones extrajudiciales, desplazamientos masivos, estallidos sociales, asesinatos de líderes, polarización creciente. Cada episodio fue dejando capas en nuestra memoria colectiva. Incluso quienes no vivieron directamente aquellos hechos han heredado sus ecos. En Colombia, el trauma también se transmite.</p> <p>Pero hay algo que resiste. Hoy existen más de 200 lugares de memoria donde el dolor se transformó en reflexión. Comunas que fueron sinónimo de violencia ahora son escenarios de arte. Espacios donde antes hubo balas ahora albergan murales. La memoria no ha desaparecido; se ha resignificado. Esa es quizá nuestra paradoja: somos una sociedad marcada por la sangre, pero obstinadamente aferrada a la esperanza.</p> <p>Somos el país del realismo mágico de Gabriel García Márquez, donde lo extraordinario convive con lo trágico. Somos el lugar donde se dice “veci” aunque no conozcamos al otro. Donde cada vez que juega la selección se suspenden, por un momento, las diferencias. Donde la risa persiste incluso después de la noticia más dura.</p> <p>Tal vez la verdadera pregunta no es si hemos sufrido demasiado, sino qué hemos hecho con ese sufrimiento.</p> <p>¿Nos acostumbramos al miedo o aprendimos a reconocerlo?</p> <p>¿Normalizamos la violencia o empezamos a rechazarla con mayor conciencia?</p> <p>¿Estamos repitiendo la historia o escribiendo un capítulo distinto?</p> <p>Después de casi un siglo de generaciones atravesadas por la violencia, Colombia parece estar en un punto de inflexión permanente. Y quizás, por primera vez, no se trata solo de resistir, sino de decidir qué tipo de memoria queremos conservar y cuál queremos transformar.</p> <p>Porque si algo demuestra nuestra historia es que el miedo ha sido recurrente. Pero también lo ha sido la esperanza.Y tal vez ahí, en esa tensión constante entre la herida y la posibilidad, se esté escribiendo el verdadero nuevo capítulo del país.</p> <p><em style="color: #333333; font-family: 'Open Sans', sans-serif; font-size: 14px; font-weight: 300; letter-spacing: normal; orphans: 2; text-align: start; text-indent: 0px; text-transform: none; widows: 2; word-spacing: 0px; white-space: normal; background-color: #ffffff;">Escrito por Juan Camilo Acevedo Rojas estudiante de VII semestre de Gobierno y Relaciones Internacionales Voluntario del IPAZDE</em></p> <p>* Por Juan Camilo Acevedo&nbsp;</p> <p><img src="https://contactomaestro.colombiaaprende.edu.co/sites/default/files/maestrospublic/styles/interna_850x260/public/2020-05/imagen-11.png?h=aeae0952&amp;itok=SzF15l1b" alt="Proyecto de memoria histórica “Pensar para transformar” | Contacto Maestro" width="615" height="412" /></p> <p>Foto tomada de:&nbsp;<a href="https://contactomaestro.colombiaaprende.edu.co/experiencias-significativas/experiencias-del-bicentenario-proyecto-de-memoria-historica">https://contactomaestro.colombiaaprende.edu.co/experiencias-significativas/experiencias-del-bicentenario-proyecto-de-memoria-historica</a></p> <p>Colombia es un país megadiverso. Pero también es un país cuya historia ha moldeado la manera en que piensa, habla y se relaciona su gente. No somos solo el territorio de las montañas, los ríos y las mariposas amarillas. Somos también una sociedad atravesada por generaciones que han crecido bajo la sombra del miedo.</p> <p>Desde 1928, cada generación ha vivido su propio capítulo de violencia.</p> <p>En diciembre de ese año, los trabajadores de la United Fruit Company (hoy conocida como Chiquita Brands International) protestaban por condiciones laborales dignas en Ciénaga. La respuesta fue fuego. El ejército, bajo órdenes del general Carlos Cortés Vargas, disparó contra los huelguistas. Décadas después, la Comisión de la Verdad estimaría que el número de víctimas superó el millar. No fue solo una masacre: fue el mensaje temprano de que el poder podía imponerse sobre la vida.</p> <p>Veinte años después, el 9 de abril de 1948, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán. El “Caudillo del pueblo” cayó en el centro de Bogotá y con él se incendió la ciudad. El Bogotazo no solo dejó muertos y ruinas; dejó una fractura emocional que marcaría el inicio de una violencia prolongada. Desde entonces, la política dejó de ser únicamente disputa de ideas y se convirtió, demasiadas veces, en escenario de exterminio.</p> <p>En 1989, el país volvió a sentir que el Estado tambaleaba. El asesinato de candidatos presidenciales, los carros bomba, los secuestros, los aviones que explotaban en el aire. Fue una generación que creció preguntándose si cualquier esquina podía convertirse en tragedia. Y, sin embargo, de esa misma década surgió la esperanza de una nueva Constitución. El miedo convivía con la posibilidad de refundar el país.</p> <p>Más adelante vendrían otros dolores: ejecuciones extrajudiciales, desplazamientos masivos, estallidos sociales, asesinatos de líderes, polarización creciente. Cada episodio fue dejando capas en nuestra memoria colectiva. Incluso quienes no vivieron directamente aquellos hechos han heredado sus ecos. En Colombia, el trauma también se transmite.</p> <p>Pero hay algo que resiste. Hoy existen más de 200 lugares de memoria donde el dolor se transformó en reflexión. Comunas que fueron sinónimo de violencia ahora son escenarios de arte. Espacios donde antes hubo balas ahora albergan murales. La memoria no ha desaparecido; se ha resignificado. Esa es quizá nuestra paradoja: somos una sociedad marcada por la sangre, pero obstinadamente aferrada a la esperanza.</p> <p>Somos el país del realismo mágico de Gabriel García Márquez, donde lo extraordinario convive con lo trágico. Somos el lugar donde se dice “veci” aunque no conozcamos al otro. Donde cada vez que juega la selección se suspenden, por un momento, las diferencias. Donde la risa persiste incluso después de la noticia más dura.</p> <p>Tal vez la verdadera pregunta no es si hemos sufrido demasiado, sino qué hemos hecho con ese sufrimiento.</p> <p>¿Nos acostumbramos al miedo o aprendimos a reconocerlo?</p> <p>¿Normalizamos la violencia o empezamos a rechazarla con mayor conciencia?</p> <p>¿Estamos repitiendo la historia o escribiendo un capítulo distinto?</p> <p>Después de casi un siglo de generaciones atravesadas por la violencia, Colombia parece estar en un punto de inflexión permanente. Y quizás, por primera vez, no se trata solo de resistir, sino de decidir qué tipo de memoria queremos conservar y cuál queremos transformar.</p> <p>Porque si algo demuestra nuestra historia es que el miedo ha sido recurrente. Pero también lo ha sido la esperanza.Y tal vez ahí, en esa tensión constante entre la herida y la posibilidad, se esté escribiendo el verdadero nuevo capítulo del país.</p> <p><em style="color: #333333; font-family: 'Open Sans', sans-serif; font-size: 14px; font-weight: 300; letter-spacing: normal; orphans: 2; text-align: start; text-indent: 0px; text-transform: none; widows: 2; word-spacing: 0px; white-space: normal; background-color: #ffffff;">Escrito por Juan Camilo Acevedo Rojas estudiante de VII semestre de Gobierno y Relaciones Internacionales Voluntario del IPAZDE</em></p> Elegir la paz 2026-02-18T02:28:13+00:00 2026-02-18T02:28:13+00:00 https://ipazde.usta.edu.co/index.php/opinion/89-paula-m-villalobos-c Paula M. Villalobos C. <p>* Por&nbsp;Paula Mariana Villalobos<br /><img style="color: #444444;" src="https://ipazde.usta.edu.co/images/WhatsApp_Image_2026-02-14_at_7.13.37_PM_1.jpeg" alt="WhatsApp Image 2026 02 14 at 7.13.37 PM 1" width="449" height="300" /></p> <p>Foto tomada de:&nbsp;<a href="https://cimacnoticias.com.mx/2017/04/19/mujeres-de-mampujan-la-costura-sana-huellas-de-la-violencia/">https://cimacnoticias.com.mx/2017/04/19/mujeres-de-mampujan-la-costura-sana-huellas-de-la-violencia/</a></p> <p>¿Es la paz el punto final de la guerra? En el corregimiento de Mampuján, lejos de los discursos oficiales y de los acuerdos firmados sobre el papel, la paz tomó la forma de un telar. A través de él, las mujeres narraron el sufrimiento que atravesó su comunidad el 11 de marzo de 2000 y transformaron el dolor en memoria. Ese ejercicio no sólo permitió tramitar la pérdida, sino también preservar una historia que el conflicto armado intentó borrar.</p> <p>Experiencias como esta han contribuido a consolidar la imagen de las mujeres como “tejedoras” o “constructoras de paz”, asociando prácticas como cuidar, recordar y recomponer el tejido social a una labor femenina. Sin embargo, esta narrativa es más compleja de lo que parece: tanto en la guerra como en la paz, a las mujeres se les han asignado roles sobre lo que deben ser o cómo deben actuar.</p> <p>* Por&nbsp;Paula Mariana Villalobos<br /><img style="color: #444444;" src="https://ipazde.usta.edu.co/images/WhatsApp_Image_2026-02-14_at_7.13.37_PM_1.jpeg" alt="WhatsApp Image 2026 02 14 at 7.13.37 PM 1" width="449" height="300" /></p> <p>Foto tomada de:&nbsp;<a href="https://cimacnoticias.com.mx/2017/04/19/mujeres-de-mampujan-la-costura-sana-huellas-de-la-violencia/">https://cimacnoticias.com.mx/2017/04/19/mujeres-de-mampujan-la-costura-sana-huellas-de-la-violencia/</a></p> <p>¿Es la paz el punto final de la guerra? En el corregimiento de Mampuján, lejos de los discursos oficiales y de los acuerdos firmados sobre el papel, la paz tomó la forma de un telar. A través de él, las mujeres narraron el sufrimiento que atravesó su comunidad el 11 de marzo de 2000 y transformaron el dolor en memoria. Ese ejercicio no sólo permitió tramitar la pérdida, sino también preservar una historia que el conflicto armado intentó borrar.</p> <p>Experiencias como esta han contribuido a consolidar la imagen de las mujeres como “tejedoras” o “constructoras de paz”, asociando prácticas como cuidar, recordar y recomponer el tejido social a una labor femenina. Sin embargo, esta narrativa es más compleja de lo que parece: tanto en la guerra como en la paz, a las mujeres se les han asignado roles sobre lo que deben ser o cómo deben actuar.</p> Desigualdad Energética en Colombia: Un desafío para la Paz, el Desarrollo Social y el Bienestar 2024-11-08T18:39:26+00:00 2024-11-08T18:39:26+00:00 https://ipazde.usta.edu.co/index.php/opinion/86-desigualdad-energetica-en-colombia-un-desafio-para-la-paz-el-desarrollo-social-y-el-bienestar Jhon Jaramillo <p>*Por Laura Castillo y Paula Fernandez</p> <p><strong><img src="https://ipazde.usta.edu.co/images/energía.jpg" alt="energía" width="586" height="391" /></strong></p> <p>Foto tomada de&nbsp;<a href="https://www.undp.org/es/colombia/discursos/acceso-energia-estrategia-para-reduccion-de-pobreza">https://www.undp.org/es/colombia/discursos/acceso-energia-estrategia-para-reduccion-de-pobreza</a></p> <p>Para el año 2024, Colombia tiene una población estimada de cincuenta y dos millones doscientos dieciséis mil habitantes de los cuales el 7% no cuenta con disponibilidad a la energía eléctrica, sin embargo, el 18.4% de habitantes en Colombia no tiene acceso a energía o cuenta con una fuente de energía intermitente, esta situación se traduce a condiciones de desigualdad, pobreza energética e inestabilidad social.</p> <p>Primero, se debe hablar de lo que se considera pobreza energética, esta se refiere a la ausencia al acceso de servicios energéticos, entonces mientras grandes metrópolis en Colombia, como Bogotá cuentan con una cobertura del 100%, en las zonas rurales 2 millones de personas no disponen de servicio eléctrico. Sin embargo, estas cifras podrían incrementar considerablemente, pues lastimosamente aumentan las dificultades por las barreras geográficas y la falta de infraestructura, lo que dificulta la precisión de los censos.</p> <p>*Por Laura Castillo y Paula Fernandez</p> <p><strong><img src="https://ipazde.usta.edu.co/images/energía.jpg" alt="energía" width="586" height="391" /></strong></p> <p>Foto tomada de&nbsp;<a href="https://www.undp.org/es/colombia/discursos/acceso-energia-estrategia-para-reduccion-de-pobreza">https://www.undp.org/es/colombia/discursos/acceso-energia-estrategia-para-reduccion-de-pobreza</a></p> <p>Para el año 2024, Colombia tiene una población estimada de cincuenta y dos millones doscientos dieciséis mil habitantes de los cuales el 7% no cuenta con disponibilidad a la energía eléctrica, sin embargo, el 18.4% de habitantes en Colombia no tiene acceso a energía o cuenta con una fuente de energía intermitente, esta situación se traduce a condiciones de desigualdad, pobreza energética e inestabilidad social.</p> <p>Primero, se debe hablar de lo que se considera pobreza energética, esta se refiere a la ausencia al acceso de servicios energéticos, entonces mientras grandes metrópolis en Colombia, como Bogotá cuentan con una cobertura del 100%, en las zonas rurales 2 millones de personas no disponen de servicio eléctrico. Sin embargo, estas cifras podrían incrementar considerablemente, pues lastimosamente aumentan las dificultades por las barreras geográficas y la falta de infraestructura, lo que dificulta la precisión de los censos.</p>