* Por Paula Mariana Villalobos
Foto tomada de: https://cimacnoticias.com.mx/2017/04/19/mujeres-de-mampujan-la-costura-sana-huellas-de-la-violencia/
¿Es la paz el punto final de la guerra? En el corregimiento de Mampuján, lejos de los discursos oficiales y de los acuerdos firmados sobre el papel, la paz tomó la forma de un telar. A través de él, las mujeres narraron el sufrimiento que atravesó su comunidad el 11 de marzo de 2000 y transformaron el dolor en memoria. Ese ejercicio no sólo permitió tramitar la pérdida, sino también preservar una historia que el conflicto armado intentó borrar.
Experiencias como esta han contribuido a consolidar la imagen de las mujeres como “tejedoras” o “constructoras de paz”, asociando prácticas como cuidar, recordar y recomponer el tejido social a una labor femenina. Sin embargo, esta narrativa es más compleja de lo que parece: tanto en la guerra como en la paz, a las mujeres se les han asignado roles sobre lo que deben ser o cómo deben actuar.
No se trata de restar valor a las acciones orientadas a la reconciliación, sino de examinar las razones profundas que llevan a optar por la paz como una postura política frente a la devastación. Decidir tejer para narrar, organizarse para buscar a los desaparecidos cuando las instituciones no respondieron, asumir liderazgos comunitarios y construir memoria colectiva son decisiones que revelan agencia política. En ese sentido, no pueden interpretarse como actos espontáneos o naturales, sino como respuestas conscientes frente a la violencia
Reconocer su papel activo en el conflicto y en los escenarios posteriores implica superar la idea de que su disposición a la paz es inherente a su identidad. El informe “Mi cuerpo es la verdad” de la Comisión de la Verdad expone no solo las múltiples formas de violencia ocurridas durante el conflicto, sino también lo que significó resistir desde cuerpos feminizados. La investigación evidenció que, fueran víctimas, combatientes o lideresas, muchas mujeres enfrentaron violencias estructurales persistentes, como la violencia sexual, la sobrecarga de trabajo doméstico y el desplazamiento forzado. Estos hechos no fueron aislados, sino parte de dinámicas más amplias que afectan de manera diferenciada a niñas y mujeres.
El conflicto armado no creó estas desigualdades, pero sí las profundizó y las utilizó estratégicamente. En contextos donde el cuidado de niños, personas mayores y la seguridad alimentaria recae mayoritariamente sobre ellas, atacarlas tenía efectos que trascienden lo individual y afectan a comunidades enteras. Por ello, evaluar estos hechos obliga a preguntarse desde qué perspectiva se concibe la paz. Si se entiende únicamente como ausencia de confrontación armada, se corre el riesgo de llamar “posconflicto” a escenarios donde persisten violencias estructurales que limitan las posibilidades de paz.
No basta con incluir a las mujeres como un elemento armonizador en discursos o proyectos, el desafío consiste en cuestionar los marcos desde los cuales se ha pensado la paz. Reconocer su experiencia cotidiana, su capacidad organizativa y su participación política, lo que exige condiciones, garantías y transformaciones reales. La paz, entonces, es una decisión que se sostiene, elegirla es un acto profundamente político no natural.
Escrito por Paula Mariana Villalobos estudiante de V semestre de Gobierno y Relaciones Internacionales Voluntaria del IPAZDE

