Colombia: memoria de la sangre, vocación de esperanza

* Por Juan Camilo Acevedo 

Proyecto de memoria histórica “Pensar para transformar” | Contacto Maestro

Foto tomada de: https://contactomaestro.colombiaaprende.edu.co/experiencias-significativas/experiencias-del-bicentenario-proyecto-de-memoria-historica

Colombia es un país megadiverso. Pero también es un país cuya historia ha moldeado la manera en que piensa, habla y se relaciona su gente. No somos solo el territorio de las montañas, los ríos y las mariposas amarillas. Somos también una sociedad atravesada por generaciones que han crecido bajo la sombra del miedo.

Desde 1928, cada generación ha vivido su propio capítulo de violencia.

En diciembre de ese año, los trabajadores de la United Fruit Company (hoy conocida como Chiquita Brands International) protestaban por condiciones laborales dignas en Ciénaga. La respuesta fue fuego. El ejército, bajo órdenes del general Carlos Cortés Vargas, disparó contra los huelguistas. Décadas después, la Comisión de la Verdad estimaría que el número de víctimas superó el millar. No fue solo una masacre: fue el mensaje temprano de que el poder podía imponerse sobre la vida.

Veinte años después, el 9 de abril de 1948, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán. El “Caudillo del pueblo” cayó en el centro de Bogotá y con él se incendió la ciudad. El Bogotazo no solo dejó muertos y ruinas; dejó una fractura emocional que marcaría el inicio de una violencia prolongada. Desde entonces, la política dejó de ser únicamente disputa de ideas y se convirtió, demasiadas veces, en escenario de exterminio.

En 1989, el país volvió a sentir que el Estado tambaleaba. El asesinato de candidatos presidenciales, los carros bomba, los secuestros, los aviones que explotaban en el aire. Fue una generación que creció preguntándose si cualquier esquina podía convertirse en tragedia. Y, sin embargo, de esa misma década surgió la esperanza de una nueva Constitución. El miedo convivía con la posibilidad de refundar el país.

Más adelante vendrían otros dolores: ejecuciones extrajudiciales, desplazamientos masivos, estallidos sociales, asesinatos de líderes, polarización creciente. Cada episodio fue dejando capas en nuestra memoria colectiva. Incluso quienes no vivieron directamente aquellos hechos han heredado sus ecos. En Colombia, el trauma también se transmite.

Pero hay algo que resiste. Hoy existen más de 200 lugares de memoria donde el dolor se transformó en reflexión. Comunas que fueron sinónimo de violencia ahora son escenarios de arte. Espacios donde antes hubo balas ahora albergan murales. La memoria no ha desaparecido; se ha resignificado. Esa es quizá nuestra paradoja: somos una sociedad marcada por la sangre, pero obstinadamente aferrada a la esperanza.

Somos el país del realismo mágico de Gabriel García Márquez, donde lo extraordinario convive con lo trágico. Somos el lugar donde se dice “veci” aunque no conozcamos al otro. Donde cada vez que juega la selección se suspenden, por un momento, las diferencias. Donde la risa persiste incluso después de la noticia más dura.

Tal vez la verdadera pregunta no es si hemos sufrido demasiado, sino qué hemos hecho con ese sufrimiento.

¿Nos acostumbramos al miedo o aprendimos a reconocerlo?

¿Normalizamos la violencia o empezamos a rechazarla con mayor conciencia?

¿Estamos repitiendo la historia o escribiendo un capítulo distinto?

Después de casi un siglo de generaciones atravesadas por la violencia, Colombia parece estar en un punto de inflexión permanente. Y quizás, por primera vez, no se trata solo de resistir, sino de decidir qué tipo de memoria queremos conservar y cuál queremos transformar.

Porque si algo demuestra nuestra historia es que el miedo ha sido recurrente. Pero también lo ha sido la esperanza.Y tal vez ahí, en esa tensión constante entre la herida y la posibilidad, se esté escribiendo el verdadero nuevo capítulo del país.

Escrito por Juan Camilo Acevedo Rojas estudiante de VII semestre de Gobierno y Relaciones Internacionales Voluntario del IPAZDE

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