* Por Juan Camilo Acevedo & Vanesa Carreño Cortes.

Foto tomada por Vanesa Carreño voluntaria del IPAZDE
En un país donde la memoria suele disputarse entre el olvido y la costumbre, iniciativas como la realizada el pasado 9 de abril por el equipo de IPAZDE y la fundación recaPAZitando representan mucho más que un acto simbólico: son una declaración ética. En el marco del **Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado**, salir a repartir volantes e invitar a la comunidad tomasina a escribir un mensaje no es un gesto menor; es, en esencia, un ejercicio de reconocimiento. Porque las víctimas no necesitan únicamente ser recordadas en cifras o informes, necesitan ser nombradas, escuchadas y, sobre todo, dignificadas.
Colombia ha vivido décadas de conflicto que han dejado cicatrices profundas, muchas de ellas invisibles. Detrás de cada historia hay una vida interrumpida, una familia fragmentada, un proyecto arrebatado. Pensar en las víctimas no puede reducirse a una conmemoración anual; implica preguntarnos qué significa realmente convivir con su dolor en el presente. ¿Qué hacemos como sociedad para que su historia no se repita? ¿Cómo transformamos la empatía momentánea en compromiso permanente?
En medio de la actividad, cada mensaje escrito por los estudiantes se convirtió en un pequeño acto de resistencia contra la indiferencia. Escribirle a una víctima aunque no sepamos su nombre es reconocer su existencia y su sufrimiento. Y aquí es donde radica una de las reflexiones más incómodas pero necesarias: las víctimas no son “otros”, no están lejos, no pertenecen únicamente a zonas rurales o a relatos ajenos. Las víctimas somos todos cuando permitimos que la violencia se normalice, cuando el dolor ajeno no nos interpela, cuando el silencio pesa más que la solidaridad.
Hay algo profundamente transformador en detenerse un momento a pensar en quien lo ha perdido todo. Porque, en ese instante, dejamos de ser espectadores y nos convertimos en sujetos éticos. La memoria, cuando es colectiva, tiene el poder de incomodar, de cuestionar y, sobre todo, de movilizar. Y eso fue precisamente lo que logró esta jornada: sembrar una inquietud, una pregunta, una necesidad de no ser indiferentes.
La cátedra realizada en la noche por el líder estudiantil complementó este ejercicio desde una perspectiva más reflexiva. Hablar de derechos humanos en Colombia y en el mundo no es un tema abstracto ni lejano; es una urgencia cotidiana. Los derechos humanos no se defienden únicamente en tribunales o discursos políticos, se defienden en la forma en que reconocemos al otro, en la manera en que respondemos frente al dolor ajeno, en la capacidad de construir fraternidad incluso en contextos marcados por la violencia.
Y es justamente la fraternidad la que emerge como un eje fundamental. En una sociedad fragmentada, aprender a ver al otro como igual como alguien cuya dignidad es tan valiosa como la propia es un acto profundamente político. No se trata solo de recordar a las víctimas, sino de reconstruir el tejido social que la violencia desgarró. La fraternidad no es ingenuidad; es una apuesta consciente por la vida en común.
Las víctimas del conflicto armado no necesitan lástima, necesitan justicia, verdad y garantías de no repetición. Pero también necesitan algo que a veces se nos olvida: necesitan ser reconocidas como parte de nosotros. Porque un país que no escucha a sus víctimas está condenado a repetir su historia.
Por eso, actividades como esta no deben quedarse en lo anecdótico. Deben convertirse en el punto de partida para una ciudadanía más consciente, más crítica y más comprometida. Recordar no es suficiente si no transforma. Y quizás ese sea el mayor desafío: que cada volante entregado, cada mensaje escrito y cada reflexión compartida no se quede en un solo día, sino que se traduzca en acciones concretas que dignifiquen la vida y la memoria de quienes han sufrido.
Desde el Instituto de Paz y Desarrollo (IPAZDE), el 26 de marzo de 2026 se inauguró la Cátedra para la Paz, concebida como un espacio de reflexión y acción destinado a dignificar a las víctimas y aportar a la construcción de paz en el marco del acuerdo y del conflicto armado colombiano. Esta iniciativa contempla seis sesiones alternadas entre encuentros presenciales y virtuales. Hasta el momento se ha realizado una primera jornada presencial y una sesión virtual, ambas complementarias: las presenciales, lideradas por la JEP, tienen un enfoque teórico-práctico sobre la importancia de los testimonios, la verdad para las víctimas, la identificación de actores y los procesos jurídicos y pedagógicos de la paz; mientras que las sesiones virtuales, a cargo de la Fundación RecaPAZitando, abren un espacio para el debate, la aplicación de conceptos y la reflexión sobre la necesidad de construir paz desde lo individual hacia lo colectivo.
La próxima sesión se llevará a cabo el 23 de abril, de 2:00 p.m. a 4:00 p.m., en el auditorio menor del segundo piso del Edificio Doctor Angélico. En esta ocasión, la JEP abordará temas como la comparecencia, el régimen de condicionalidad y la centralidad de las víctimas. Además, se propiciará un debate sobre el perdón, la veracidad de los hechos y el papel de la comunidad como memoria colectiva para garantizar la no repetición.
Finalmente, el propósito de las actividades realizadas y por desarrollar es trascender la simple conmemoración de un día dedicado a las víctimas. Se busca, en cambio, generar un acercamiento real hacia ellas, preguntarnos qué más podemos hacer para mantener viva la memoria de comunidades, familias y personas que, día tras día, encuentran caminos para perdonar y sanar. Este esfuerzo pretende evitar el olvido de historias que aportan a la verdad y a los procesos de reparación, fortaleciendo así la construcción de una paz duradera.
Desde IPAZDE hacemos la pregunta: ¿Què estas haciendo para aportar a la paz?

